Soy una maldita ilusa

Díganme ilusa, pero desde que me empezaron a salir los primeros granos de la adolescencia yo soñaba con pintar los pueblitos mágicos de García Márquez, escribir como Tomás Eloy Martínez y relatar policiales cual Truman Capote. Está claro que hasta ahora no lo logré y que si tengo que morir joven lo haré ahogada en mis falsas expectativas de ser una escritora famosa. Básicamente una escritora mediocre, porque aquí me encuentran sin un hilo conductor, hablando un poquito de esto y otro de aquello, como si fuera todóloga.

Es que la vida misma, los amigos que no entienden nada de letras ni de periodismo y la humanidad toda, te hacen pensar que tenés desarrollado el talento de la pluma bonita – pero que lejos estamos de eso – sobre todo cuando a los 28 años seguís dibujando con palitos, te defendés solamente con algunos platos en la cocina y no sabés ni andar en bicicleta.

Retomando mi línea de tiempo y lo que pensé durante toda la vida, siempre creí (alerta spoiler) que leyendo las historias del gordo que se disfraza de Papa Noel de Fontanarrosa o como Sacheri cuenta que un par de tipos explotan una usina, iba a escribir igual o mejor que ellos. Error: no le llego ni a los tobillos. Sábados de joda desperdiciados y decenas de latas de cervezas tomadas en soledad (porque siempre ñoña, pero con algarabía) disfrutando de Leila, de Caparrós, de Vargas Llosa para que hoy, este bajando teclas contando estas estupideces.

En los últimos años, comencé a pensar que si Hernán Casciari, llegó con todo lo que cuenta, yo también tengo la posibilidad de una chance cuando juegue en Orsai.

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